La sonrisa correcta crece más de lo que creí

Era martes. O miércoles, creo. Ya no recuerdo bien. Lo que sí recuerdo es que me levante faltando poco para las seis. Trabajando de noche, despertarse a las seis es difícil, pero ese día abrí los ojos y en lugar de sonambulear o intentar seguir durmiendo, me levante casi como un cachaco y fui hasta el balcón de mi casa (que tampoco es que sea una casa muy grande, sino que todos los departamentos del condominio tienen balcón, creo que para espiar los balcones de enfrente, 4 metros en frente).

Parado en el balcón, espiando los demás balcones donde nunca pasa nada interesante, me llama Anita. Siempre hablamos por teléfono, porque no siempre podemos vernos (antes era más difícil, porque ahora peleo más con mi trabajo y menos con mi vida personal, así que robando horas de sueño y ratos a la oficina, cada vez nos vemos más seguido). Me llama Anita, y me pregunta donde estoy.

“¿Amor, donde estás?”
“En la casa”.
“Sí, pero ¿en qué parte?.
En el balcón.
“¿Puedes ir al cuarto un ratito?

Así que voy al cuarto pensando en que se le olvidó algo y que lo encontraré sobre el mueble de la computadora, o en el armario. Llego al cuarto y me dice “siéntate”. Yo empecé a sospechar algo, porque llamarme por teléfono desde su trabajo para hacerme sentar en el cuarto, no era precisamente una rutina habitual. Me senté y su voz no temblaba, no tenía un aire de preocupación o algo que me hiciera dudar. Además, siempre que ella me avisa de algo que va a hacer con sus amigas, utiliza un tonito como de chiste viejo “mi amoooor… ” me dice, alargando la “o” y abriendo sus ojotes redondos y tiernos y grandes, y siempre con una sonrisa…

Después, ya no recuerdo qué paso: lo que recuerdo es que estaba sentado en la cama, sólo, con el teléfono en la mano, y empezaba a dibujarse una sonrisa grande, cada vez más grande. Y la sonrisa crecía, crecía, y crecía más, y luego se salió de la boca y empezó a invadir el cuello, las orejas, seguía creciendo cada vez más y más, empezó a inundar mi pecho (ahí tuve que ser muy fuerte, porque cuando algo te inunda así, tan de golpe, tan bienvenido, dan ganas de gritar, y uno, que es un caballero, y que además no conoce a ninguno de sus vecinos, no puede salir gritando en pijama, ellos no tienen por qué celebrar conmigo), y luego del pecho la sonrisa seguía haciéndose grande y más grande, llegó al estómago y seguía creciendo, y cuando me inundó por completo, quiso rebalsarse, inundar el cuarto para quedarse hasta que venga el niño y la alegría sea diferente.

Entonces empecé a llorar. A diferencia de otros días, de otros motivos, no quise controlarme. Empecé a dejarla salir despacito por los ojos, luego por la boca, por las manos, por donde quisiera salir. Era su momento y era su motivo, así que ya no quise resistirme. Y hasta ahora inunda mi casa. Está ahí, quietecita, acomodada en cada rincón por donde mire. Es de las que llegó para quedarse.

Una respuesta

  1. [...] Diez largos minutos acompañados de una pared que ni siquiera nos miraba, que ni siquiera nos daba la oportunidad. Y luego de 10 minutos, la magia se hizo presente: en el LCD de 40 pulgadas (el que quiero para el cuarto, pero Anita no me deja) que había frente a nosotros, y en el que veíamos la ecografía con la extrañeza habitual, el técnico (tecnólogo?) habló por primera vez y nos dijo “ese es el feto”. Nos lo señaló con el puntero láser, y nosotros mirábamos asombrados cómo algo tan pequeñito, tan pocos milímetros de vida, nos habían empezado a cambiar desde hace algunas semanas. Volvimos a llorar. No cabía la menor duda de que el primer cambio visible desde que supimos que estábamos embarazados era ese: nos volvimos llorones. [...]

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